jueves, 7 de junio de 2012

Estudia que te estudia

Después de varios meses sin escribir un solo post, ya que estoy en medio de unas oposiciones que se han llevado mi tiempo y mi inspiración, ha bastado el anuncio de una convocatoria inminente para que, no solo empiece a agobiarme de verdad, sino que de repente me hayan entrado unas ganas terribles de hacer cualquier cosa que no sea estudiar. Básicamente, lo que me ha venido ocurriendo toda la vida. La última vez que aprobé un examen me tiré las dos semanas siguientes pintando la reproducción de un cartel de Alphonse Mucha en acrílico sobre lienzo para quitarme el mono.

Por ello siento la necesidad de buscar un ancla con mi vida real, un asidero al que agarrarme para no perderme en el abismo insondable del estudio de los temas. ¿Exagerado? no lo creo. El que haya opositado alguna vez ya habrá experimentado cómo los relojes empiezan a moverse a velocidades cambiantes, cómo los días se alargan o encogen, como si un poltergeist se hubiese instalado en casa e influyera caprichosamente en el transcurso del tiempo, en nuestro estado de ánimo e incluso en nuestras relaciones personales.

En definitiva, quiero que el blog sea mi ancla con vosotros y el pasaje por el que transportarme de vuelta a mi vida normal cuando, después de días y días, el mundo del estudio me abstraiga de mi propia vida. Me he hecho el firme propósito de seguir cultivando mi pequeña parcela de realidad y quiero seguir compartiéndola con vosotros. Se lo debo a los que no dejan de preguntarme con interés cuándo publicaré mi próximo post y entran con frecuencia para comprobar si he publicado algo nuevo. Para ellos van dedicados mis próximos (y optimistas) posts. 

Con mi bolso y mis apuntes a todas partes!!!












miércoles, 15 de febrero de 2012

Perturbaciones de una dama tenebrosa

Me acababa de sentar en la cama. Había cogido algo de pavo y picos para comer. Comer en la cama. A base de golpes de puerta del frigorífico, de insultos a mí misma y determinación. Y sed de sangre. Estaba rabiosa. Hoy al ducharme había pensado. Y recordado. Me había visto a mí misma con mi pareja hacía más de diez años, en una situación que entonces me complacía. Pero hoy me he dado cuenta de que realmente no lo deseaba, que me dejaba porque tenía miedo. Me eché a llorar, quería llorar porque sabía que debía hacerlo. Volví a sentir lo que aquellos días, y me di cuenta, allí de pie en la ducha, que había utilizado mi cuerpo como un trozo de carne a cambio de cariño. Llevaba toda mi vida poniendo mi cuerpo en venta por un sentimiento que la mayoría de las veces no era amor. Empleándome como un mero utensilio. De repente sentí asco de mí misma, y empecé a llorar amargamente. Lloraba con la boca abierta, como no lo había hecho nunca, el llanto apenas era audible y sin embargo me ahogaba. Me sentía tan acongojada que solo derramaba lágrimas y jadeaba. Estaba de rodillas en la bañera, encogida, llorando dolorosamente en silencio, tendida hacia adelante, tanto que mi barbilla casi tocaba el suelo de la bañera. Pero poco a poco me fui tranquilizando. Sin dejar de temblar me encogí y rodeé mis piernas con los brazos. Lo siento, lo siento... no dejaba de repetírmelo. Le debo una enorme disculpa a mi cuerpo. Me acariciaba las piernas y me afeitaba suavemente con la cuchilla. Me he tratado tan mal que me sentía como un monstruo. Pero finalmente me calmé. Y me levanté. Permanecí otro rato de pie bajo el agua. Y poco a poco, a medida que me tranquilizaba, mi dolor se fue convirtiendo en asco, y el asco en odio. Comencé a enfadarme, a odiar a alguien más que no era yo. Como si el vapor no emanase del agua sino de mí, empecé a susurrar deseos de muerte. Recordé entonces al villano de J.K. Rowling, Lord Voldemort. Aún en el baño, me vi a mí misma semejante a él, con la toalla cayendo sobre mis hombros como la túnica de una dama tenebrosa. Salí de la ducha ardiendo en anhelos de venganza, odiando a la persona que me trató como un objeto, me asustó y me amenazó de muerte. Estaba tan enojada, tan furiosa, que sentí que mis entrañas realmente pertenecían a otra persona muy distinta de la que yo creía ser. Más oscura, más tétrica. Entonces comprendí por qué ahora me sentía tan bien en aquella casa. Y experimenté la sensación de que el fantasma, el diablo, el mal que habitaba en mi casa no era otro que yo misma. Abrí la puerta del baño y me quedé allí mirando el largo pasillo, desafiante. Volví la vista hacia el espejo, torcí el rostro en una mueca de repugnancia y mis dulces rasgos se volvieron oscuros, alargados y ajados. De mi garganta surgió un grave rugido. Y la mueca se convirtió en carcajada. “Ahora es cuando mi casa grita de miedo”. Riéndome ante el espejo grité “¿Miedo?” “¡¡miedo tú!!”.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Sobre unos tacones de aguja

Ayer celebramos la comida de navidad del trabajo. Y es curioso, porque un día después sufro unas secuelas físicas más propias de un boxeador tras un combate que de una chica en su día de resaca. No penséis mal. Con lo único que maltraté mi cuerpo, aparte del alcohol, fue con unos zapatos de tacón alto a los que no me subía desde hacía un año. Además de los pies destrozados, tengo los lumbares hechos añicos.

Casualmente hace una semana hice un gran descubrimiento, de esos de los que uno se queda pensando “¿y por qué a nadie se le había ocurrido esto hasta ahora?” bajo mi punto de vista y aún a riesgo de pecar de exceso, uno de los inventos más útiles de los últimos tiempos para las mujeres desde los tampax  y la epidural. Y es que el otro día mientras paseaba llamó mi atención un expositor que presidía el escaparate de una farmacia: unas bailarinas plegables de charol negro para llevar en el bolso para casos de emergencia.

Mi primera pregunta fue: “¿pero por qué han tardado tanto en inventarlo? ¡es sencillo y es brillante!”. Inmediatamente vino a mi memoria la noche de mi graduación de COU, la primera noche de mi vida de la que tengo recuerdo sobre unos tacones, precisamente porque aquella madrugada, a las seis de la mañana, volvía a casa descalza con los zapatos en la mano. Era mucho más insoportable el dolor de pies que el frío de la acera.

Las bailarinas plegables que he descubierto son un nuevo producto de la marca de cuidado del pie Scholl, y sin lugar a dudas va a ser mi próxima adquisición. Y es que los zapatos de tacón casi siempre se acaban convirtiendo en un infierno, y en algún momento de nuestra vida todas hemos vuelto a casa a las tantas de la madrugada tambaleándonos sobre nuestros pies. Además, ¿quién no ha aguantado en una boda media fiesta sentada porque los pies la estaban matando?

Lo que me lleva a mi segunda pregunta: ¿habrá pasado la empresa a manos de una mujer? Porque hay ciertas ideas que es difícil que tenga alguien que nunca ha tenido que subirse a unas plataformas de 15 cm. A no ser que sufra constantemente los lamentos de su hija volviendo a casa después de una noche de juerga o alguna situación similar.

En fin, creo que Scholl ha apostado por algo que a las chicas nos hacía falta desde hacía tiempo: unas sabrinas de “primeros auxilios”. Si tienen éxito puede que amplíen la gama de colores e incluso los modelos. Personalmente yo voy a hacerme con un par y las voy a guardar en el cajón de la cómoda como guardo siempre una caja de tiritas en el botiquín. Y es que estos zapatitos se pueden convertir en algo indispensable para las chicas, como todas esas cosas de las que llegamos a pensar con el paso del tiempo “¿pero cómo podíamos vivir antes sin esto?”.

http://www.calzadodrscholl.es/web_es/index.php/productos/ballerina

jueves, 6 de octubre de 2011

Caminando sobre el abismo.

Permítanme que me sirva de una metáfora cinéfila para explicar un pensamiento que me asaltó esta mañana. Mientras caminaba por el pasillo en el trabajo recordé una secuencia de la película X-Men II en la que el supervillano Magneto escapaba de su cárcel de plástico con la ayuda de un poco de hierro que le había proporcionado su aliada Mística. Tras conseguir abrir la puerta, el villano escapaba transformando el polvo de hierro en láminas que iban desplegándose bajo sus pies a medida que caminaba.

(X2, directed by Bryan Singer. 20th Century Fox, 2003.)
 Si recordé esa secuencia no es porque anduviera soñando con todas esas cosas que sería capaz de hacer si tuviese superpoderes (que dicho sea de paso, usaría siempre para hacer el bien). Fue porque la idea de construir un camino sobre el vacío me pareció una interesante metáfora de nuestra propia vida. Una servidora, como la mayoría de la gente, ha pasado por etapas difíciles y se ha encontrado frente a una situación en la que la estructura que hasta entonces soportaba el peso de su vida se venía completamente abajo. Pero siempre llega un momento en el que uno se tropieza con el descubrimiento de su propia verdad, o lo que en la literatura se conoce como "epifanía”: que los problemas acaban desapareciendo, que se puede disfrutar muchísimo de la vida, que los desengaños amorosos terminan y la felicidad siempre vuelve, que los amigos y la familia son lo más importante... Y todo eso sucede cuando uno decide dar un paso y comenzar a caminar sobre el abismo. Para ello hace falta tan solo un elemento: la fe. La RAE, exceptuando el contenido teológico, define la fe como la "confianza, el buen concepto que se tiene de alguien o de algo", y como "seguridad, aseveración de que algo es cierto". Y es que sin seguridad y confianza en uno mismo no podremos atrevernos a dar ese paso que nos aísla en la nada y nos impide seguir adelante.

Lo que me lleva a otra metáfora cinéfila que además es una de mis escenas favoritas en la historia del cine: la secuencia en la que Indiana Jones se ve obligado a cruzar un precipicio en La Última Cruzada. ¿Cómo llegar hasta el otro lado habiendo en medio un enorme abismo? El protagonista termina encontrando la respuesta en sí mismo. "Es un salto de fe", murmura. Aún presa del miedo no vacila, no retrocede ni vuelve atrás, sino que con un solo paso hace surgir ante él un enorme pasillo invisible por el que acaba cruzando hasta el otro lado.

Y es que en la vida hay un largo camino que recorrer, aunque a veces las circunstancias no nos permitan verlo, aunque parezca que estamos a punto de caer y perdernos en la nada. Pero debemos creer en nosotros mismos, en que algún día la tristeza y los problemas acabarán desvaneciéndose, y no es hasta que empezamos a pensar en positivo que solo entonces se muestra el camino frente a nuestros ojos. Quizás no tengamos superpoderes como Magneto, ni contemos con la protección de un Santo Grial, pero llevamos dentro una energía tan grande como para crear nuestro propio camino a voluntad. Para ello tan solo tenemos que desearlo de corazón, perder el miedo y sobre todo, comenzar a caminar.
 
(Indiana Jones and The Last Crusade, directed by
Steven Spielberg. Paramount Pictures, 1989.)

miércoles, 5 de octubre de 2011