En estos momentos de inestabilidad económica, uno vive mucho más pendiente de controlar sus gastos de lo que le desearía. Examinamos las facturas con más detenimiento si cabe, y lo tenemos todo mucho más organizado que antes. En mi caso, comenzar a vivir sola me ha hecho aún mucho más responsable ya que hay que ocuparse de todo al cien por cien. Llevo meses y meses sin comprar nada para mi casa y solo hasta después de más de un año he colocado, por fin, las preciosas cortinas de mi salón.
En todo esto iba yo pensando hoy a primera hora mientras miraba por la ventana sentada en el autobús. Nos ha tocado vivir la época del control de los gastos, de la sobriedad, el ahorro... por mucho que los bares estén llenos hasta la bandera y la gente siga empujándote en el supermercado y avalanzándose sobre los estantes como si hubiesen declarado en la ciudad un estado de alerta por amenaza bacteriológica. Y ahí estaba yo, recordando aquellas botas de piel rellenas de pluma tan estupendas en un escaparate del centro de Santiago de Compostela. Y aún me sentía mal por haberme gastado ciento setenta euros en ellas. Pero seguí pensando, y ese sentimiento de culpa fue mutando hacia algo bastante parecido a la indignación. ¿Y por qué se supone que tengo que sentirme mal por gastarme una pasta en unas botas? cada uno se gasta el dinero en lo que quiere, ¿no? ¿por qué tengo que sentirme culpable o avergonzada, o simplemente tengo que ocultar que me he comprado unas botas caras? puede que más de uno se haya gastado el triple en cubatas durante todo este año, o viendo una película en el cine cada fin de semana, o pagando por ver la liga de fútbol en el digital. Pues yo me he comprado unas botas caras, ¿y qué? una compra cara no me convierte en una compradora compulsiva ni en una derrochadora. Simplemente, una tiene derecho a darse un capricho de vez en cuando, que bastante tenemos ya con todo lo que ahorramos cada día por culpa de esta crisis que miles de trabajadores como yo llevamos pagando desde hace tiempo con nuestra nómina.
Sí, me he comprado unas botas caras, ¿y qué?