jueves, 15 de diciembre de 2011

Sobre unos tacones de aguja

Ayer celebramos la comida de navidad del trabajo. Y es curioso, porque un día después sufro unas secuelas físicas más propias de un boxeador tras un combate que de una chica en su día de resaca. No penséis mal. Con lo único que maltraté mi cuerpo, aparte del alcohol, fue con unos zapatos de tacón alto a los que no me subía desde hacía un año. Además de los pies destrozados, tengo los lumbares hechos añicos.

Casualmente hace una semana hice un gran descubrimiento, de esos de los que uno se queda pensando “¿y por qué a nadie se le había ocurrido esto hasta ahora?” bajo mi punto de vista y aún a riesgo de pecar de exceso, uno de los inventos más útiles de los últimos tiempos para las mujeres desde los tampax  y la epidural. Y es que el otro día mientras paseaba llamó mi atención un expositor que presidía el escaparate de una farmacia: unas bailarinas plegables de charol negro para llevar en el bolso para casos de emergencia.

Mi primera pregunta fue: “¿pero por qué han tardado tanto en inventarlo? ¡es sencillo y es brillante!”. Inmediatamente vino a mi memoria la noche de mi graduación de COU, la primera noche de mi vida de la que tengo recuerdo sobre unos tacones, precisamente porque aquella madrugada, a las seis de la mañana, volvía a casa descalza con los zapatos en la mano. Era mucho más insoportable el dolor de pies que el frío de la acera.

Las bailarinas plegables que he descubierto son un nuevo producto de la marca de cuidado del pie Scholl, y sin lugar a dudas va a ser mi próxima adquisición. Y es que los zapatos de tacón casi siempre se acaban convirtiendo en un infierno, y en algún momento de nuestra vida todas hemos vuelto a casa a las tantas de la madrugada tambaleándonos sobre nuestros pies. Además, ¿quién no ha aguantado en una boda media fiesta sentada porque los pies la estaban matando?

Lo que me lleva a mi segunda pregunta: ¿habrá pasado la empresa a manos de una mujer? Porque hay ciertas ideas que es difícil que tenga alguien que nunca ha tenido que subirse a unas plataformas de 15 cm. A no ser que sufra constantemente los lamentos de su hija volviendo a casa después de una noche de juerga o alguna situación similar.

En fin, creo que Scholl ha apostado por algo que a las chicas nos hacía falta desde hacía tiempo: unas sabrinas de “primeros auxilios”. Si tienen éxito puede que amplíen la gama de colores e incluso los modelos. Personalmente yo voy a hacerme con un par y las voy a guardar en el cajón de la cómoda como guardo siempre una caja de tiritas en el botiquín. Y es que estos zapatitos se pueden convertir en algo indispensable para las chicas, como todas esas cosas de las que llegamos a pensar con el paso del tiempo “¿pero cómo podíamos vivir antes sin esto?”.

http://www.calzadodrscholl.es/web_es/index.php/productos/ballerina

jueves, 6 de octubre de 2011

Caminando sobre el abismo.

Permítanme que me sirva de una metáfora cinéfila para explicar un pensamiento que me asaltó esta mañana. Mientras caminaba por el pasillo en el trabajo recordé una secuencia de la película X-Men II en la que el supervillano Magneto escapaba de su cárcel de plástico con la ayuda de un poco de hierro que le había proporcionado su aliada Mística. Tras conseguir abrir la puerta, el villano escapaba transformando el polvo de hierro en láminas que iban desplegándose bajo sus pies a medida que caminaba.

(X2, directed by Bryan Singer. 20th Century Fox, 2003.)
 Si recordé esa secuencia no es porque anduviera soñando con todas esas cosas que sería capaz de hacer si tuviese superpoderes (que dicho sea de paso, usaría siempre para hacer el bien). Fue porque la idea de construir un camino sobre el vacío me pareció una interesante metáfora de nuestra propia vida. Una servidora, como la mayoría de la gente, ha pasado por etapas difíciles y se ha encontrado frente a una situación en la que la estructura que hasta entonces soportaba el peso de su vida se venía completamente abajo. Pero siempre llega un momento en el que uno se tropieza con el descubrimiento de su propia verdad, o lo que en la literatura se conoce como "epifanía”: que los problemas acaban desapareciendo, que se puede disfrutar muchísimo de la vida, que los desengaños amorosos terminan y la felicidad siempre vuelve, que los amigos y la familia son lo más importante... Y todo eso sucede cuando uno decide dar un paso y comenzar a caminar sobre el abismo. Para ello hace falta tan solo un elemento: la fe. La RAE, exceptuando el contenido teológico, define la fe como la "confianza, el buen concepto que se tiene de alguien o de algo", y como "seguridad, aseveración de que algo es cierto". Y es que sin seguridad y confianza en uno mismo no podremos atrevernos a dar ese paso que nos aísla en la nada y nos impide seguir adelante.

Lo que me lleva a otra metáfora cinéfila que además es una de mis escenas favoritas en la historia del cine: la secuencia en la que Indiana Jones se ve obligado a cruzar un precipicio en La Última Cruzada. ¿Cómo llegar hasta el otro lado habiendo en medio un enorme abismo? El protagonista termina encontrando la respuesta en sí mismo. "Es un salto de fe", murmura. Aún presa del miedo no vacila, no retrocede ni vuelve atrás, sino que con un solo paso hace surgir ante él un enorme pasillo invisible por el que acaba cruzando hasta el otro lado.

Y es que en la vida hay un largo camino que recorrer, aunque a veces las circunstancias no nos permitan verlo, aunque parezca que estamos a punto de caer y perdernos en la nada. Pero debemos creer en nosotros mismos, en que algún día la tristeza y los problemas acabarán desvaneciéndose, y no es hasta que empezamos a pensar en positivo que solo entonces se muestra el camino frente a nuestros ojos. Quizás no tengamos superpoderes como Magneto, ni contemos con la protección de un Santo Grial, pero llevamos dentro una energía tan grande como para crear nuestro propio camino a voluntad. Para ello tan solo tenemos que desearlo de corazón, perder el miedo y sobre todo, comenzar a caminar.
 
(Indiana Jones and The Last Crusade, directed by
Steven Spielberg. Paramount Pictures, 1989.)

miércoles, 5 de octubre de 2011

viernes, 30 de septiembre de 2011

¿Qué sabrás tú lo que es un Otaku?

Este fin de semana se inaugura en Cádiz el VI Salón del Manga.  Hace tan solo seis años que este evento comenzara a celebrarse en Cádiz y ya casi ni recuerdo cuando uno tenía que desplazarse hasta Jerez si quería cantar "Zankoku na tenshi no teeze" en karaoke o degustar algunos onigiris japoneses.  Hoy por la tarde comenzarán a aparecer grupos de chavales disfrazados de Kenshin, de Sakura o personajes de Final Fantasy. Y aunque hoy siga considerándose algo demasiado friki, la cosa ha cambiado bastante desde hace relativamente pocos años. Los niños de hoy en día han crecido con Digimon y Naruto, y eso ya no les convierte en frikis sino en otakus. Pero yo, como unos cuantos más, soy de otra generación: la primera generación de otakus en España, los que crecimos viendo los Caballeros del Zodíaco y Bola de Dragón, la auténtica fundadora del movimiento Anime en este país. Hoy en día decir "Akira" es nombrar un clásico, aquel que introdujo en Europa el comic japonés,  pero poca gente recuerda cuándo llegó Akira a España. Allá por 1996 yo era una estudiante de BUP y entusiasta otaku que disfrutaba dibujando con el estilo de los clásicos, Rumiko Takahashi y Akira Toriyama, y la gente a la que conocía no tenía ni puta idea de quién era Akira. En el colegio éramos muy pocas a las que nos gustaba el anime, que por aquel entonces era desdeñosamente llamado "dibujitos japoneses", y si además la otaku era una chica, la cosa era mucho peor. A una la miraban como si fuera un bicho raro. Por otra parte, el fenómeno manga no había hecho más que asomar la cabeza en occidente. En aquellos años en los que Canal Sur dejó de emitir Dragonball por su alto contenido en violencia (¿quién no recuerda aquel último episodio en el que Goku se recobraba de su enfermedad dejándonos a todos con un palmo de narices?) leer manga era algo casi imposible, ya que apenas había comics japoneses en el mercado y las pocas series que había venían de la mano de Norma Editorial, en un formato más grande que el actual y especialmente de fenómenos televisados como City Hunter o Ranma 1/2. Por aquel entonces Internet estaba aún al alcance de muy pocos, y uno tenía acceso a una información muy escasa, sobre todo en una ciudad como Cádiz en la que apenas había una sola tienda especializada a la que acudir buscando comics de importación. El acceso al mundo japonés era entonces algo prácticamente imposible aquí.

Sí, hoy en día todos conocen a Katsuhiro Otomo y saben de dōjinshi, de shōjo o de hentai, pero a veces cuando escucho algunos chavales comentando el disfraz que están preparando para el próximo salón del manga y recuerdo lo difícil que lo tuvimos los primeros, no puedo evitar pensar con un punto de resentimiento "¿otaku? ¿qué sabrás tú lo que es un otaku... ¬¬"

Dragonball, de Akira Toriyama, Ed. Shueisha, 1984.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

"No se puede escupir parriba"

Esta mañana mientras hablaba con una amiga recordaba una expresión que últimamente vengo escuchando demasiado: “si es que no se puede escupir parriba.... Todos nos hemos encontrado alguna vez en unas circunstancias en la que habríamos deseado comernos nuestras palabras. “Escupir parriba” es muy similar al “yo nunca”, pero no tiene un tinte tan oscuro. La mayoría de la gente no sabe que estas dos últimas palabras juntas forman una terrible maldición. El que pronuncia una frase en futuro precedida por un “yo nunca” está destinado a que aquello que no desea le ocurra irremediablemente. Como aquel amigo que se ha quejado siempre cuando los demás hemos desaparecido de la vida social por tener novio, hasta que él mismo empieza a salir con su primera pareja y desaparece durante meses de la faz de la tierra. O como el funcionario que lleva años trabajando codo con codo con un partido político criticando destructivamente a la oposición hasta que ésta llega al poder y a los dos días se hace el distraído cuando se cruza por el pasillo con sus hasta entonces amigos. La maldición del “yo nunca” deberían enseñarla en el colegio junto con las capitales de España y el ciclo del agua.

Por otra parte, el “no se puede escupir parriba” tiene diferentes niveles de “gravedad”. Por ejemplo, está la situación por la que pasamos todos cuando le reprochamos a nuestra madre “¡pues cuando yo tenga hijos, les diré esto y esto, no como tú!” y luego nos escuchamos con resignación repitiendo lo que ella nos decía miles de veces. El “no llegues tarde”, o el insufrible “me vas a matar a disgustos” se irá transmitiendo irremediablemente de generación en generación por mucho que de pequeños nos engañemos pensando que nosotros sí seremos unos padres guays. Luego están los casos más graves, como el que jura a su pareja que no la dejará nunca, o incluso el que asegura a los demás con una sonrisa que a la mujer hay que colmarla de besos y bendiciones y por la noche llega a casa borracho y violento culpándola a ella de su miserable vida. Pero eso es harina de otro costal. “No se puede escupir parriba” tiene un matiz más blanco, un toque gamberro, de guasa, con ese punto de venganza que a uno le sube por el estómago mientras piensa maliciosamente “y ahora qué, ¿eh?” aunque la mayoría de las veces tengamos que conformarnos con mordernos la lengua. O como diría mi amiga Rocío, “eso es para tener una boca prestá...”.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Crisis y botas caras

En estos momentos de inestabilidad económica, uno vive mucho más pendiente de controlar sus gastos de lo que le desearía. Examinamos las facturas con más detenimiento si cabe, y lo tenemos todo mucho más organizado que antes. En mi caso, comenzar a vivir sola me ha hecho aún mucho más responsable ya que hay que ocuparse de todo al cien por cien. Llevo meses y meses sin comprar nada para mi casa y solo hasta después de más de un año he colocado, por fin, las preciosas cortinas de mi salón.

En todo esto iba yo pensando hoy a primera hora mientras miraba por la ventana sentada en el autobús. Nos ha tocado vivir la época del control de los gastos, de la sobriedad, el ahorro... por mucho que los bares estén llenos hasta la bandera y la gente siga empujándote en el supermercado y avalanzándose sobre los estantes como si hubiesen declarado en la ciudad un estado de alerta por amenaza bacteriológica. Y ahí estaba yo, recordando aquellas botas de piel rellenas de pluma tan estupendas en un escaparate del centro de Santiago de Compostela. Y aún me sentía mal por haberme gastado ciento setenta euros en ellas. Pero seguí pensando, y ese sentimiento de culpa fue mutando hacia algo bastante parecido a la indignación. ¿Y por qué se supone que tengo que sentirme mal por gastarme una pasta en unas botas? cada uno se gasta el dinero en lo que quiere, ¿no? ¿por qué tengo que sentirme culpable o avergonzada, o simplemente tengo que ocultar que me he comprado unas botas caras? puede que más de uno se haya gastado el triple en cubatas durante todo este año, o viendo una película en el cine cada fin de semana, o pagando por ver la liga de fútbol en el digital. Pues yo me he comprado unas botas caras, ¿y qué? una compra cara no me convierte en una compradora compulsiva ni en una derrochadora. Simplemente, una tiene derecho a darse un capricho de vez en cuando, que bastante tenemos ya con todo lo que ahorramos cada día por culpa de esta crisis que miles de trabajadores como yo llevamos pagando desde hace tiempo con nuestra nómina.

Sí, me he comprado unas botas caras, ¿y qué?

Frente a las murallas

Vale, pues aquí estoy, escribiendo mi primera entrada disfrutando como una niña a la que acaban de regalar un enorme globo de colores. En primer lugar, este blog se lo dedico a mi amigo Peña que con su "ameba traicionera" me animó a escribir mis pensamientos por aquí, y al que por cierto, le debo una entrevista. En segundo lugar, Hoestwood es un lugar mágico que llevo muchos años buscando y que he utilizado como título porque finalmente he descubierto que no es otra cosa que el reflejo de mi mente inquieta. Hoestwood es todo aquello que siempre he querido ser, es el lugar donde están guardados mis sueños, mis deseos, mis temores, mis recuerdos, mis momentos alegres y dolorosos. Hoestwood es mi mente abierta. Hasta ahora ha sido mi secreto, pero ahora lo desvelo porque, a veces, compartir lo que llevamos dentro es lo mejor que uno puede regalarle al mundo.