Esta mañana mientras hablaba con una amiga recordaba una expresión que últimamente vengo escuchando demasiado: “si es que no se puede escupir parriba...”. Todos nos hemos encontrado alguna vez en unas circunstancias en la que habríamos deseado comernos nuestras palabras. “Escupir parriba” es muy similar al “yo nunca”, pero no tiene un tinte tan oscuro. La mayoría de la gente no sabe que estas dos últimas palabras juntas forman una terrible maldición. El que pronuncia una frase en futuro precedida por un “yo nunca” está destinado a que aquello que no desea le ocurra irremediablemente. Como aquel amigo que se ha quejado siempre cuando los demás hemos desaparecido de la vida social por tener novio, hasta que él mismo empieza a salir con su primera pareja y desaparece durante meses de la faz de la tierra. O como el funcionario que lleva años trabajando codo con codo con un partido político criticando destructivamente a la oposición hasta que ésta llega al poder y a los dos días se hace el distraído cuando se cruza por el pasillo con sus hasta entonces amigos. La maldición del “yo nunca” deberían enseñarla en el colegio junto con las capitales de España y el ciclo del agua.
Por otra parte, el “no se puede escupir parriba” tiene diferentes niveles de “gravedad”. Por ejemplo, está la situación por la que pasamos todos cuando le reprochamos a nuestra madre “¡pues cuando yo tenga hijos, les diré esto y esto, no como tú!” y luego nos escuchamos con resignación repitiendo lo que ella nos decía miles de veces. El “no llegues tarde”, o el insufrible “me vas a matar a disgustos” se irá transmitiendo irremediablemente de generación en generación por mucho que de pequeños nos engañemos pensando que nosotros sí seremos unos padres guays. Luego están los casos más graves, como el que jura a su pareja que no la dejará nunca, o incluso el que asegura a los demás con una sonrisa que a la mujer hay que colmarla de besos y bendiciones y por la noche llega a casa borracho y violento culpándola a ella de su miserable vida. Pero eso es harina de otro costal. “No se puede escupir parriba” tiene un matiz más blanco, un toque gamberro, de guasa, con ese punto de venganza que a uno le sube por el estómago mientras piensa maliciosamente “y ahora qué, ¿eh?” aunque la mayoría de las veces tengamos que conformarnos con mordernos la lengua. O como diría mi amiga Rocío, “eso es para tener una boca prestá...”.
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