miércoles, 15 de febrero de 2012
Perturbaciones de una dama tenebrosa
Me acababa de sentar en la cama. Había cogido algo de pavo y picos para comer. Comer en la cama. A base de golpes de puerta del frigorífico, de insultos a mí misma y determinación. Y sed de sangre. Estaba rabiosa. Hoy al ducharme había pensado. Y recordado. Me había visto a mí misma con mi pareja hacía más de diez años, en una situación que entonces me complacía. Pero hoy me he dado cuenta de que realmente no lo deseaba, que me dejaba porque tenía miedo. Me eché a llorar, quería llorar porque sabía que debía hacerlo. Volví a sentir lo que aquellos días, y me di cuenta, allí de pie en la ducha, que había utilizado mi cuerpo como un trozo de carne a cambio de cariño. Llevaba toda mi vida poniendo mi cuerpo en venta por un sentimiento que la mayoría de las veces no era amor. Empleándome como un mero utensilio. De repente sentí asco de mí misma, y empecé a llorar amargamente. Lloraba con la boca abierta, como no lo había hecho nunca, el llanto apenas era audible y sin embargo me ahogaba. Me sentía tan acongojada que solo derramaba lágrimas y jadeaba. Estaba de rodillas en la bañera, encogida, llorando dolorosamente en silencio, tendida hacia adelante, tanto que mi barbilla casi tocaba el suelo de la bañera. Pero poco a poco me fui tranquilizando. Sin dejar de temblar me encogí y rodeé mis piernas con los brazos. Lo siento, lo siento... no dejaba de repetírmelo. Le debo una enorme disculpa a mi cuerpo. Me acariciaba las piernas y me afeitaba suavemente con la cuchilla. Me he tratado tan mal que me sentía como un monstruo. Pero finalmente me calmé. Y me levanté. Permanecí otro rato de pie bajo el agua. Y poco a poco, a medida que me tranquilizaba, mi dolor se fue convirtiendo en asco, y el asco en odio. Comencé a enfadarme, a odiar a alguien más que no era yo. Como si el vapor no emanase del agua sino de mí, empecé a susurrar deseos de muerte. Recordé entonces al villano de J.K. Rowling, Lord Voldemort. Aún en el baño, me vi a mí misma semejante a él, con la toalla cayendo sobre mis hombros como la túnica de una dama tenebrosa. Salí de la ducha ardiendo en anhelos de venganza, odiando a la persona que me trató como un objeto, me asustó y me amenazó de muerte. Estaba tan enojada, tan furiosa, que sentí que mis entrañas realmente pertenecían a otra persona muy distinta de la que yo creía ser. Más oscura, más tétrica. Entonces comprendí por qué ahora me sentía tan bien en aquella casa. Y experimenté la sensación de que el fantasma, el diablo, el mal que habitaba en mi casa no era otro que yo misma. Abrí la puerta del baño y me quedé allí mirando el largo pasillo, desafiante. Volví la vista hacia el espejo, torcí el rostro en una mueca de repugnancia y mis dulces rasgos se volvieron oscuros, alargados y ajados. De mi garganta surgió un grave rugido. Y la mueca se convirtió en carcajada. “Ahora es cuando mi casa grita de miedo”. Riéndome ante el espejo grité “¿Miedo?” “¡¡miedo tú!!”.
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